¡Bienvenidos!

... y como bien dijo Francisco Umbral: "Escribir es la manera más profunda de leer la vida"...

lunes, 31 de julio de 2017

Ya no se admiten los «podría»

El cielo es ahora más gris que azul. Para mí siempre lo ha sido, pero, ya sabéis, unas veces vemos más que otras. Y no hablo de ir ciegos de alcohol, que también. Porque qué mejor que cegarnos cuando no queremos ver la realidad,
porque nos da miedo, 
porque asusta. 

Podría ser más realista, y segura, y podría ser mejor. Pero me da pereza. Podría intentar ver el cielo más azul que gris, pero ya no sé si quiero. Podría quererme más, ser mejor amiga, nieta, hija y hermana. Podría ser muchas cosas, pero no las soy. 
Y me tengo que conformar. 
Y ahora creo que lo hago.

Ya no soy lo que solía ser, y me da igual. Mi «yo» de ahora es la mejor versión de mí. Guste o no, así es. Ahora, después de veinte años, entiendo lo que es querer. Entiendo qué es mirar a alguien a los ojos hasta perderte en ellos, y entiendo qué es no parar de mirar los labios de alguien mientras te muerdes la lengua para no hacer algo de lo que arrepentirte. Y he aprendido qué es el dolor, y he aprendido de todas sus facetas. 
Sé qué es confiar 
y sé en quién hacerlo. 
Ahora sí. 

Sé qué es el amor correspondido (y, por desgracia, el no correspondido). Sé qué es intentar contenerte las lágrimas en una despedida y acabar soltándolas todas sin quererlo. 
Y también sé qué despedidas se hacen más duras 
y por qué. 

He aprendido y madurado, ya sea con victorias o derrotas, con amores o desamores, con amigos o enemigos. Y puede que no sea la más responsable, amable, cariñosa, racional, cuerda, sana, deportista, estudiosa, valiente..., pero sé lo que soy, y soy lo que quiero ser.
Y con eso me vale, 
por ahora. 

sábado, 28 de mayo de 2016

A la persona que me dio la vida:

Esta es una de las instancias en las que creo que encontrarás lo que siento plasmado en estas líneas (además, sé que te hará ilusión que haya vuelto a escribir, por y para ti: feliz cumpleaños).

Podría decir que esto es simplemente una carta a mi madre, pero no estaría siendo demasiado sincera, ya que tú no eres solo eso. Eres mi madre, amiga, hermana, confidente y apoyo incondicional (y, aun así, me quedaría corta).

Diría que no te puedes imaginar cuánto te quiero, pero, ¡qué cojones!, claro que puedes. Y digo que puedes imaginártelo porque no hay persona que sea capaz de querer de una forma más intensa que tú.

Eres la persona que me dio la vida, la que me ha acompañado toda la vida, desde el primero de mis días, y que me seguirá acompañando más allá de esta. Porque el desde siempre y para siempre se cumple contigo, mamá. Porque siempre has estado ahí, ayudándome a dar mis primeros pasos, enseñándome todo lo que sabes y animándome a saber más. Me has intentado guiar cuando más confundida estaba y me has apoyado cuando más lo necesitaba. Me has protegido de todos los peligros (sabidos y por saber) y has confiado en todas mis capacidades, ayudándome, además, a potenciar mis cualidades.

No quería darte las gracias por todo lo que has hecho por mí porque, seguramente, me dirías que ese es tu deber como madre. Aun así, te las daré.

Gracias por ser fuerte a pesar de que, a veces, te sientas vencida. Gracias, de nuevo, porque has sido fuerte aun viendo en tus ojos que, las batallas del día a día y de la vida, han intentado derrotarnos, pero nunca lo han conseguido. Porque ser hija tuya no es solo un privilegio; es puro orgullo. Porque tienes doctorados en enfermería (por curarme todas y cada una de las heridas), en cocina (porque nadie hace un puré de patata como el tuyo, jajaja), en sastrería, en madre, amiga, hermana, hija, esposa, cuñada, y porque eres titulada en amor. Porque lo tienes todo.

Gracias por la conexión tan especial, infinita y mágica que tenemos. Por confiar tanto en mí y por dejar que yo confíe en ti. Por alegrarte de mi felicidad (cuando la he tenido), llorar por mis tristezas, celebrar mis triunfos y enseñarme a aprender de las derrotas.

Gracias por haberme enseñado que la vida es un regalo (la mayoría de las veces). Por haberme enseñado que mi felicidad no depende de otros y que siempre tengo que ser yo misma. Por la locura (que solo a veces tienes), por las reseñas musicales, por el concierto de Bruce Springsteen al que algún día iremos, por las veces en las que escuchamos juntas música y por reírnos y disfrutar viendo a los integrantes de Queen vestidos de mujeres en I want to break free.

Ya sabes que no es lo mío escribirte "públicamente" lo que siento, porque creo que ya es algo demasiado obvio. Y es que muchas veces pienso que ya debes dar por sentado que te quiero y no me doy cuenta realmente de cuánto te gusta que te lo diga más a menudo (por aquí o por donde sea).

En definitiva, eres mi ejemplo a seguir y el mayor apoyo incondicional de mi vida. Por todo esto y más, gracias infinitas.

Te quiere mogollón,


Ángela

martes, 13 de enero de 2015

Quizá me esté(s) volviendo loca, o no sé.

¿Os imagináis un mundo que funcione con pilas? ¿Qué sería de nosotros? ¿O es que ya funciona así? Quizá, para nosotros, sí. El tiempo se acaba, el mundo se apaga y nosotros... Nosotros morimos. O no. Decimos poco cuando queremos decir mucho y, cuando queremos decir poco, decimos demasiado.

Los barcos marean. La música suena. El miedo asusta. El Sol calienta. El tabaco mata (o revive). El amor nace, crece (¿se reproduce?) y muere. O no. Matar, morir o vivir por alguien (o por amor). Hacer feliz o hacer daño.

Lloramos, reímos o, a falta de una, hacemos las dos a la vez. Estar triste porque quieres o porque los demás quieren que lo estés. El fuego quema; el frío (y ), también. Aprecias o desprecias. Haces el amor o la guerra. Quieres la paz o el odio. Eres feliz o no lo eres. Siempre o nunca. ¿No hay nada intermedio?

Los gatos tienen siete vidas y yo, bueno..., yo me pasaría las siete vidas contigo. ¿Tú, no?

Yo, que soñaba con alguien a quien no conocía, que quería conocer a alguien con quien soñar y, ahora que tengo lo que quería (y lo que quiero), no sé si quiero soñar, conocer, o ambas (o ninguna). O te planteas un 'para siempre' o un 'hasta aquí'. Te quiero o te amo. Te odio o... (te quiero). Quizá me esté(s) volviendo loca, o no sé. Puede que esto no tenga sentido. O sí. Puede que me entiendas o no. Solo dejo que, lo que hable por mí, sea la felicidad o la tristeza; o tú o... (tú) yo.



miércoles, 8 de octubre de 2014

Y, "¿muerto el perro se acabó la rabia?"

  Sé que no suelo escribir sobre la injusticia, pero voy a empezar a hacer excepciones. Y, esta, es una de ellas.

  Hoy, han sacrificado a Excalibur, perro cuya dueña estaba contagiada de ébola y cuyo dueño no daba permiso para cometer tal estupidez. No han querido hacer pruebas por si este estaba también contagiado o no por el virus. "No nos ha quedado otro remedio" dicen algunos. 

  Y, "¿muerto el perro se acabó la rabia?" 

  Lo han sacrificado por "si acaso" estaba contagiado, ¿no? Pues... por esa regla de tres, ¿deberían también matar al marido en vez de estar haciéndole pruebas? Ambos, tanto el animal como el humano, tienen derecho a vivir. O eso dicen. Aunque, hoy en día, es difícil creerlo.

  Dos cosas de las que estoy absolutamente segura son de que este país cada día que pasa da más asco y que ha muerto un inocente y, no de ébola, precisamente. Un inocente que solo ha pagado por la incompetencia e ineptitud de este gobierno, por las negligencias humanas.

  Y, la verdad, es que a mí se me ocurren también un par de cosas que podríamos hacer con determinados gobernantes para evitar más riesgos... ¿a vosotros no? 

  Os recuerdo una cita de Mahatma Gandhi que decía: "Un país, una civilización se puede juzgar por la forma en que trata a sus animales". 


viernes, 26 de septiembre de 2014

De sonrisas en tus labios o de tus labios con sonrisas.

  Y creo haberte dicho que no quería que te fueras. No de esa forma. No dejándome en una inmensa tristeza que, poco a poco, se iba haciendo más y más grande. No quería que te fueras, no por miedo a que me dejaras como me has dejado (que también). No quería que te fueras y me dejaras hecha pedazos. Pedazos que algún día, quizá, te toque a ti recoger del suelo que dejé manchado de recuerdos. Recuerdos, lágrimas y sonrisas rotas. Muy rotas. Tan rotas como yo (o más).

  Pero no es hora de lamentarme yo ni de hacer que seas tú quien se lamente. Simplemente no quería que te fueras. No quería que me dejaras con las ganas de sonrisas en tus labios. Ni de tus labios con sonrisas. Porque adoraba los hoyuelos que, conforme iba pasando el tiempo sin apartarnos la mirada, se pronunciaban más y más. Y sí. Me dejaste con esas ganas. Pero no solo con esas. También con las de perdernos por Madrid, Roma o en los ojos del otro. Aunque, sinceramente, no me importaba donde nos perdiésemos, con la condición de hacerlo juntos, claro. Pero me dejaste, aquí, perdida y sin ganas de perderme con ningún otro ni por ningún otro lado.

  "Sal de mi mente", te susurro (a distancia). Pero no hay más sal en ningún mar que en mis lágrimas ni más salidas que no sean las de emergencia de cualquier hospital, de esos que aparecen en todos mis sueños o pesadillas, donde aparezco sin alma, sin vida y sin ti (que es lo que más duele).





domingo, 31 de agosto de 2014

El único vértigo que tengo.

Creo que ya es hora de poner orden a esta conducta o manera de vivir a la que, la mayoría, llamáis "vida". Creo que ya es hora de ordenarla, o de intentarlo.
Ya es hora de saber que a ti te quiero a mano; como, por ejemplo, en la estantería de la habitación de mi corazón, para poder sentarme en la cama y observarte detenidamente, y ver cómo desvías la mirada al ver mis ojos clavados en los tuyos, o cómo haces que la desvíe yo, para evitar ponerme a temblar. A ti, sí, a ti, te quiero a mano, para tenerte aquí cuando te necesite, o cuando te extrañe, por ejemplo.

Ya es hora de meter todo lo demás en algún sitio, como en un cajón, donde nadie pueda ver todas aquellas promesas que se quedaron por el camino, todas las mentiras que se acabaron descubriendo, todos los deseos que se quedaron sin cumplir, a pesar de pedirlos a estrellas fugaces y esperar, como niños pequeños, que se hicieran realidad. Metería todo eso en un cajón que cerraría con la llave de tus besos que, por miedo a perderlos, no tiraría nunca a ningún río, ni a ningún pozo que no fuesen esos hoyuelos tan profundos de tus mejillas que se forman cuando sonríes. O cuando ríes tan fuerte que haces que lo de alrededor no exista durante unos segundos.

Y, sí, al fin y al cabo, sé que me atrevería a vivir en los precipicios de tus ojos. Esos precipicios de los que me tiraría una y otra vez sin miedo a la profundidad, ni a las alturas. Porque, ahora, el único vértigo que tengo es el de caerme del cielo al que tú me haces llegar con tus palabras; palabras que son como caricias para mis oídos, los cuales no dejan de oír tu voz, aun estando en silencio.




sábado, 30 de agosto de 2014

[...] Por suerte o por desgracia [...]

Y soñaba con alguien que me abrazara tantas veces como lágrimas derrochara, con alguien capaz de quitarme la coraza que los (d)años me han obligado a crear, con alguien que, con solo una mirada, supiera mi estado de ánimo. Porque yo no soñaba con príncipes azules y, mucho menos, con ranas que se convierten en ellos. Solo soñaba contigo. Porque sí, eras tú el que me abrazaba las veces que hiciera falta, el que me hacía saltar y reír como si de una niña pequeña se tratase, y (¡cómo no!) eras tú el que, con solo mirarme, sabía si lo que me hacía falta era un beso, una caricia o un chiste de esos malos, de los cuales no sabía si reír o llorar.

Y ahora ruego, suplico y pido que seas tú el que sueña conmigo. Que seas tú el que me echa de menos a mí y no al revés. Quiero que ahora seas tú el que no duerma bien por las noches, el que se despierte con litros y litros de sudor por el cuerpo y que seas tú el que piense que, pronunciar mi nombre, las seis letras de mi nombre, pueden dolerte más que hincarte la punta de un alfiler en mitad de la pupila.

Porque así es como me he sentido yo, y es que hubiera preferido quedarme ciega antes que ver lo bien que estabas sin mí, antes que ver cómo sonreías, de la misma forma que lo hacías conmigo, con todas las chicas que pasaban por tu lado.

Y es que, ¿sabes qué?
Que yo ya no tiemblo al oír tu nombre, ni siento dolor en el pecho como solía sentir.
Y no solo eso ha cambiado. También yo. Y es que, por suerte o por desgracia, ya no creo en los 'para siempre', ni en el amor, ni en nadie.