Pero no es hora de lamentarme yo ni de hacer que seas tú quien se lamente. Simplemente no quería que te fueras. No quería que me dejaras con las ganas de sonrisas en tus labios. Ni de tus labios con sonrisas. Porque adoraba los hoyuelos que, conforme iba pasando el tiempo sin apartarnos la mirada, se pronunciaban más y más. Y sí. Me dejaste con esas ganas. Pero no solo con esas. También con las de perdernos por Madrid, Roma o en los ojos del otro. Aunque, sinceramente, no me importaba donde nos perdiésemos, con la condición de hacerlo juntos, claro. Pero me dejaste, aquí, perdida y sin ganas de perderme con ningún otro ni por ningún otro lado.
"Sal de mi mente", te susurro (a distancia). Pero no hay más sal en ningún mar que en mis lágrimas ni más salidas que no sean las de emergencia de cualquier hospital, de esos que aparecen en todos mis

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