Me encontraste rota. Muy muy rota. Y me supiste arreglar, a tu manera —y a la que sabías que era la mía—. Buscaste todos los pedacitos que perdí en todas aquellas noches en las que no podía dormir, y fuiste capaz de montar el rompecabezas que siempre he sido: lo que nunca nadie ha conseguido antes. Solo tú: el primero de todos (y el último).
Me quitaste los complejos a besos y dejaste mis defectos para quererlos, día tras día. Y después de todo este tiempo, no se te ha pasado ni un solo día sin hacerlo.
Estamos hechos el uno para el otro. Y lo he sabido desde el primer día en que te miré a los ojos y vi lo que no había visto nunca en nadie: ganas de amarme. Y yo, con ganas de que lo hicieras, decidí lanzarme a una aventura que sabía que solo terminaría cuando la vida me hiciera cenizas, y ni aún así.
Eres lo mejor que he acariciado nunca. Y escribo esto tragando más saliva que cuando me susurras cualquier palabra cursi al oído, y (¡cómo no!) más nerviosa que cuando me acaricias cuidadosamente la espalda.
Todos los días me armo (y, gracias a ti, me amo) cada día más y lucho porque esto no se acabe nunca. Y sí, nunca es una palabra muy fuerte. Y aún así estoy segura de que quiero usarla contigo. Igual que tacho de mentirosos a aquellos que dicen que nada dura para siempre, porque sé que lo nuestro sí lo hará. Lo sé. Puedo sentirlo. En mi corazón, y en el tuyo también. Y eso es más bonito todavía.
Has hecho que tus problemas sean los míos también, y viceversa. Has hecho que todo lo sepamos solucionar juntos. Has hecho que nuestra felicidad no dependa del otro, sino que sea el otro. Te has convertido en mi todo sin pedirlo, y haces que sienta que, para ti, yo soy también el tuyo.
En la vida podría haberme imaginado mi mayor sueño hecho realidad. Y no, no hablo solo de ti. Sino de ser feliz. Y, mi amor, tú lo has conseguido desde el mismísimo instante en el que dejaste que abriera mi alma contigo.
Hoy y ahora sé que, aunque quisiera, no podría dejar de amarte nunca. Y eso es lo más bonito de todo.
Te cuido, mi vida.
Quizá me esté(s) volviendo loca, o yo qué sé.
¡Bienvenidos!
... y como bien dijo Francisco Umbral: "Escribir es la manera más profunda de leer la vida"...
jueves, 7 de febrero de 2019
lunes, 21 de mayo de 2018
ME QUEDO CONTIGO
Me quedo con tus ganas de vivir,
de aprender,
de reír.
Me quedo con tu «yo» más irritante,
pero también con el más cariñoso.
Me quedo con tu rapidez para perder los nervios,
pero también con tu tranquilidad por soltarme después de un abrazo.
Me quedo con tu paciencia,
pero también con tu impaciencia.
Me quedo con tu pasión por lo que haces,
pero también con tu curiosidad por lo que todavía no sabes.
Me quedo con tus nervios,
pero también con tu calma.
Me quedo con tu piel,
pero también, y más aún, por lo que hay debajo de ella.
Me quedo con tus pestañas infinitas repletas de sueños,
pero también con esos sueños que, en los días grises, consideras inalcanzables.
Me quedo con tu positivismo,
pero también con tu negatividad, para poder así enfrentarla. Juntos.
Me quedo con los días en los que pienses que todo es posible,
pero también con las veces en las que te des por vencido.
Me quedo con lo a salvo que me siento entre tus brazos,
y entre tus labios.
Me quedo con tu capacidad para conseguir todo lo que te propones,
y lo que no.
Me quedo con tus abrazos en mitad de un llanto,
y con tus besos en mitad de una sonrisa (o viceversa).
Me quedo con la facilidad que tienes para hacerme sentir más viva que nunca,
pero también con tu habilidad para hacerme morir (de amor).
Me quedo con las veces en las que pensaba que personas como tú no existían,
pero me quedo, aún más, con las veces en las que me has demostrado todo lo contrario.
Me quedo con tus susurros,
pero también con tus subidas de tono.
Me quedo con saber que me quieres,
y con saber lo bien que lo haces.
Me quedo con tu voz, cantando rap o recitando poesía, porque de cualquier forma me corta la respiración.
Me quedo con tu humildad, sinceridad y responsabilidad.
Me quedo con tu extraña manera de comer pizza,
y con tu obsesión por la variedad de salsas.
Me quedo con tus ideologías y principios.
Me quedo con tu sencillez y bondad.
Me quedo con tu fuerza,
y con la que me das a mí.
Me quedo con tu corazón,
y con su gran tamaño.
Me quedo con tus ojos, boca y manos.
Me quedo con todo tu cuerpo.
Me quedo con tus lágrimas y cicatrices.
Me quedo con los obstáculos que, a veces, tú mismo te pones,
y me quedo con ellos solo para ayudarte a superarlos.
Me quedo contigo cuando hablas mucho,
pero también cuando estás sin palabras.
Me quedo contigo cuando hacemos el amor,
pero también cuando lo único que hacemos son trabajos.
Me quedo con tu sensibilidad para decirme que todo irá bien,
pero también con tu falta de filtro de vez en cuando.
Me quedo con la conexión que tienen nuestras almas,
y con las chispas que provocan nuestras miradas.
Me quedo con las veces en las que me necesitas,
pero también con las veces en las que eres lo suficientemente independiente como para hacerlo.
Me quedo con todos los besos, abrazos, risas, discusiones y desacuerdos, canciones que me recuerdan a ti, tus conciertos en directo, batallas de gallos y concursos de Eurovision, recuerdos fotografiados en la memoria o vídeos, esperanza, confianza, compasión, empatía, distancia (física), fe en el otro, sonrisas de complicidad, compatibilidad, locuras, hilos rojos, monedas de catedrales,demasiada mucha lechuga, miradas, placer, caricias (en la espalda), chocolates con churros, sushi, sábanas pegadas (y muchas despegadas), películas, series por terminar (y por empezar), viajes...
Me quedo con todo eso,
y con todo lo que no he dicho, pero que ya sabes.
Me quedo con mi suerte al encontrarte,
y con lo afortunada que soy por tenerte.
Me quedo con todo lo que hacemos bien,
pero también con lo que hacemos mal e intentamos mejorar.
Me quedo con el amor de mi vida.
Me quedo con mi vida, que eres tú.
ME QUEDO CONTIGO.
de aprender,
de reír.
Me quedo con tu «yo» más irritante,
pero también con el más cariñoso.
Me quedo con tu rapidez para perder los nervios,
pero también con tu tranquilidad por soltarme después de un abrazo.
Me quedo con tu paciencia,
pero también con tu impaciencia.
Me quedo con tu pasión por lo que haces,
pero también con tu curiosidad por lo que todavía no sabes.
Me quedo con tus nervios,
pero también con tu calma.
Me quedo con tu piel,
pero también, y más aún, por lo que hay debajo de ella.
Me quedo con tus pestañas infinitas repletas de sueños,
pero también con esos sueños que, en los días grises, consideras inalcanzables.
Me quedo con tu positivismo,
pero también con tu negatividad, para poder así enfrentarla. Juntos.
Me quedo con los días en los que pienses que todo es posible,
pero también con las veces en las que te des por vencido.
Me quedo con lo a salvo que me siento entre tus brazos,
y entre tus labios.
Me quedo con tu capacidad para conseguir todo lo que te propones,
y lo que no.
Me quedo con tus abrazos en mitad de un llanto,
y con tus besos en mitad de una sonrisa (o viceversa).
Me quedo con la facilidad que tienes para hacerme sentir más viva que nunca,
pero también con tu habilidad para hacerme morir (de amor).
Me quedo con las veces en las que pensaba que personas como tú no existían,
pero me quedo, aún más, con las veces en las que me has demostrado todo lo contrario.
Me quedo con tus susurros,
pero también con tus subidas de tono.
Me quedo con saber que me quieres,
y con saber lo bien que lo haces.
Me quedo con tu voz, cantando rap o recitando poesía, porque de cualquier forma me corta la respiración.
Me quedo con tu humildad, sinceridad y responsabilidad.
Me quedo con tu extraña manera de comer pizza,
y con tu obsesión por la variedad de salsas.
Me quedo con tus ideologías y principios.
Me quedo con tu sencillez y bondad.
Me quedo con tu fuerza,
y con la que me das a mí.
Me quedo con tu corazón,
y con su gran tamaño.
Me quedo con tus ojos, boca y manos.
Me quedo con todo tu cuerpo.
Me quedo con tus lágrimas y cicatrices.
Me quedo con los obstáculos que, a veces, tú mismo te pones,
y me quedo con ellos solo para ayudarte a superarlos.
Me quedo contigo cuando hablas mucho,
pero también cuando estás sin palabras.
Me quedo contigo cuando hacemos el amor,
pero también cuando lo único que hacemos son trabajos.
Me quedo con tu sensibilidad para decirme que todo irá bien,
pero también con tu falta de filtro de vez en cuando.
Me quedo con la conexión que tienen nuestras almas,
y con las chispas que provocan nuestras miradas.
Me quedo con las veces en las que me necesitas,
pero también con las veces en las que eres lo suficientemente independiente como para hacerlo.
Me quedo con todos los besos, abrazos, risas, discusiones y desacuerdos, canciones que me recuerdan a ti, tus conciertos en directo, batallas de gallos y concursos de Eurovision, recuerdos fotografiados en la memoria o vídeos, esperanza, confianza, compasión, empatía, distancia (física), fe en el otro, sonrisas de complicidad, compatibilidad, locuras, hilos rojos, monedas de catedrales,
Me quedo con todo eso,
y con todo lo que no he dicho, pero que ya sabes.
Me quedo con mi suerte al encontrarte,
y con lo afortunada que soy por tenerte.
Me quedo con todo lo que hacemos bien,
pero también con lo que hacemos mal e intentamos mejorar.
Me quedo con el amor de mi vida.
Me quedo con mi vida, que eres tú.
ME QUEDO CONTIGO.
lunes, 26 de febrero de 2018
SEIS MESES o... mejor dicho, PARA SIEMPRE
El momento en el que admites querer a alguien es también el momento en el que te das cuenta de que tienes mucho que perder. Y aun así, sigues admitiendo lo primero.
Porque el amor es maravilloso, pero también aterrador.
Porque el amor es conectar con tu alma, no solo con el de la otra pesona. Y fue, conociéndote a ti, como aprendí a hacer lo primero.
Hace seis meses compartimos miradas, sonrisas y un viaje a Toledo que en la vida olvidaré.
Hace seis meses compartimos risas en bares de Zocodover.
Hace seis meses nuestros besos sabían a cerveza,
y nuestras caricias eran la certeza
de lo que ahora sé que es pureza.
Hace seis meses contesté con un «sí» a la pregunta que me cambiaría (y que me cambió) la vida. Le dije que sí a un (no tan) desconocido que me invitaba a confiar en él sin apenas conocerme,
y que me miraba más a los labios que a los ojos.
No sé si alguien, conociendo a una persona solamente de hace unas semanas, tiene las cosas claras. Pero lo que sí sé es que yo en ese momento las tuve. Porque sabía qué quería. Sabía que con él sí quería. Sabía que le quería.
Sí, sabía que te quería.
Aún me acuerdo del primer «te quiero». El primer te quiero que me dijiste. El primer te quiero que se te escapó inconscientemente en unas de nuestras despedidas acompañando al abrazo más sincero. El primer te quiero de todos los que me han parado el corazón desde entonces.
Todos los días desde ese veintiséis de agosto me levanto y me acuesto siendo consciente de cuánto te necesito.
En estos seis meses, he crecido a tu lado como persona,
he crecido igual —o más— que nuestras ganas,
igual —o más— que nuestro amor.
(Aunque no creo que esto último sea posible).
Que Toledo contigo se hizo más bonito,
y pensaba que nada ni nadie nunca podría compararse con él.
Pero es que luego llegó Madrid, y ocurrió exactamente lo mismo.
Hasta los trenes se atrasaban solamente para dejarnos más tiempo de besos, para dejarnos más margen y viajar a Colombia en cuestión de minutos a comprar aquella empanada, con la que me podía identificar cuando te contemplaba.
Pero es que luego llegó Inglaterra, y se emocionó al escucharte cantar rap por una de sus ciudades; y yo pondría la mano en el fuego a que
a ella también se le paró la primavera,
haciéndose creer que el verano
había llegado de tu mano.
La primera vez que te vi se paró el tiempo, se paró tu imagen en mi pupila y se silenció la música. En aquel silencio de un segundo, en aquella imagen congelada de una pesona rodeada de caras desenfocadas... estabas tú. Y qué suerte la mía.
Sí, qué suerte la mía haber tenido aquel primer beso contigo agarrado a mi cintura y yo a tu cuello. Qué suerte la mía todas las botellas de agua que dejé aquellas noches en tu coche para que no te secaras,
porque quería regarte,
y cuidarte.
Qué suerte la mía tenerte. Qué suerte la mía contemplarte con los ojos encendidos como el fuego,
porque, hasta así, te veo.
Hace seis meses eras esa persona que parecía querer enseñarme qué era el amor. Esa persona que ahora puedo decir que no solo me enseñó qué era, sino que también me lo demostró en su momento y me lo sigue demostrando todos los días.
Eres esa persona que confía en mí como en nadie. Eres quien ha puesto mi mundo al revés, mi vida patas arriba. Eres la primera persona a la que he visto mirarme con brillo en los ojos al mismo tiempo que se le dilatan las pupilas. Porque nunca nadie me había mirado como me miras tú. Porque nunca nadie había creído tanto en mí. Y lo mejor de esto es que con tan solo una de tus miradas me lo estás diciendo todo.
Qué suerte la mía haberme topado con alguien que no me toca solo con la piel,
sino también con los ojos, y con su voz.
Eres quien me completa y complementa a la vez. Eres la respuesta a todas mis preguntas. Eres una mezcla de locura, curiosidad, alegría, fuerza, motivación y constancia. Eres la persona por la que vería todas las películas de terror del mundo, solo por agarrarme a tu mano. Que por ti aprendería a componer canciones de rap, además de todo el karate que me quisieras enseñar.
Porque te escribiré miles de cartas, y no diciendo adiós.
Y si lo digo, que sea porque el reencuentro va a ser mucho mejor.
Que quiero morirme acariciando tu pelo mojado después de una ducha. Que quiero morirme (de amor) acariciando tu pelo engominado para después estropearlo en una de nuestras luchas.
Que contigo quiero entretenerme en la cocina hasta que se nos vuelvan a quemar muchas más tostadas. Y es que no sé qué verías en esta boba que no quería que le acariciaras la espalda ni aunque fuera para dibujarle corazones con los dedos.
Y yo díria que qué te vi... Pero es que yo en ti vi todo, y terminé dejándote que me la acariciaras dibujando todas las siluetas que te dieran la gana.
Y es que me viste y te vi,
me miraste y te miré,
me encontraste y te encontré,
y seis meses más tarde,
en vez de dejar las cosas a medio camino,
en vez de darnos por vencidos,
en vez de todos los errores que podíamos haber cometido,
decidimos arriesgar. ¡Y menos mal!
Porque pase lo que pase,
pese a quien le pese,
todas las heridas que nos abramos entre nosotros
no las podrá curar ni el alcohol,
porque para eso está nuestra saliva,
que, a mí al menos, me da vida.
Vamos a seguir evolucionando y creciendo,
queriéndonos y disfrutándonos mucho más,
tal y como hemos hecho estos meses de atrás.
Vamos a hacerlo juntos
O...
¿Por qué no?
PARA SIEMPRE.
viernes, 12 de enero de 2018
Completar(me)
No puedo imaginarme una mejor forma de morir (de amor) que la de perderme en tus ojos y tirarme desde ellos. Aterrizar, sin vida, en tus hoyuelos, y que tus besos se encarguen de devolvérmela. Perderme y
encontrarme
encontrarte,
es —y eres— todo lo que quiero.
Y es que cuando alguien te cambia la vida, te cambia también a ti. (Te) cambia todo. Cambia la forma de tu sonrisa, y la de tu corazón, haciendo ambas siluetas
más grandes,
potentes
y eternas.
Y es que nunca he creído que alguien pudiera arreglarme, más que nada porque no estaba rota. Y a pesar de ello, sin saber cómo, cuándo ni por qué,
tú lo has hecho.
Y es que nunca he creído que alguien pudiera completarme, más que nada porque estaba demasiado vacía.
Y tú lo has hecho.
Me has reparado las ganas de vivir, de disfrutar, de amar, y me has completado como completa esa última pieza de un puzzle de 1500; esa pieza que termina
dándole sentido a todo.
Eres esas pestañas infinitas con la misma forma de mis labios haciéndolas más besables aún. Eres esos ojos que brillan más que cualquier estrella. Eres esos labios que no me cansaría nunca de mirar (con necesidad de rozarlos). Eres esas manos por las que moriría por agarrar segundo sí y segundo también. Eres esa voz que pone más pelos de punta que Freddie Mercury a capella. Eres esa canción por la que pagarían millones de abrazos por escuchar. Eres la poesía más bonita del mundo, sin haberse nunca escrito
ni en prosa
ni en verso...
sino en besos.
encontrarte,
es —y eres— todo lo que quiero.
Y es que cuando alguien te cambia la vida, te cambia también a ti. (Te) cambia todo. Cambia la forma de tu sonrisa, y la de tu corazón, haciendo ambas siluetas
más grandes,
potentes
y eternas.
Y es que nunca he creído que alguien pudiera arreglarme, más que nada porque no estaba rota. Y a pesar de ello, sin saber cómo, cuándo ni por qué,
tú lo has hecho.
Y es que nunca he creído que alguien pudiera completarme, más que nada porque estaba demasiado vacía.
Y tú lo has hecho.
Me has reparado las ganas de vivir, de disfrutar, de amar, y me has completado como completa esa última pieza de un puzzle de 1500; esa pieza que termina
dándole sentido a todo.
Eres esas pestañas infinitas con la misma forma de mis labios haciéndolas más besables aún. Eres esos ojos que brillan más que cualquier estrella. Eres esos labios que no me cansaría nunca de mirar (con necesidad de rozarlos). Eres esas manos por las que moriría por agarrar segundo sí y segundo también. Eres esa voz que pone más pelos de punta que Freddie Mercury a capella. Eres esa canción por la que pagarían millones de abrazos por escuchar. Eres la poesía más bonita del mundo, sin haberse nunca escrito
ni en prosa
ni en verso...
sino en besos.
martes, 21 de noviembre de 2017
Merece la pena
Merece la pena cuando te sigues poniendo nerviosa al hablar de él (o con él).
Merece la pena dudar si son solo nervios o son las típicas mariposas de enamorada dando vueltas por tu estómago.
Merece la pena cuando te hace sonreír tanto tiempo, incluso sin darse cuenta, que acaba doliéndote la mandíbula durante horas.
Merece la pena porque te acostumbraste muy rápido a su olor y ahora es lo que te mantiene viva.
Merece la pena porque te enamoraste de él y de su forma de cantar(te) —y de su manera de mirarte al hacerlo—.
Merece la pena si crees que es la viva imagen del amor y de su existencia.
Merece la pena si te hace querer luchar por y junto a él.
Merece la pena si te deja robarle camisetas para dormir y luego él no se quiere desprender de ellas (ni de tu olor).
Merece la pena si se pasa las noches sin dormir solo por pasarlas contigo.
Merece la pena si te acepta tal y como eres.
Merece la pena si te hace querer ser la mejor versión de ti.
Merece la pena si te enamora día sí y día también.
Merece la pena si te deja conocer incluso su pasado más oscuro.
Merece la pena si con él puedes ser tú misma.
Merece la pena si hace que no te importe que las hojas se caigan de los árboles en otoño, o que llegue el invierno más frío, o que la primavera traiga consigo millones de insectos, o que el siguiente verano sea el más caluroso en mucho tiempo.
Merece la pena si hace bonitas todas las estaciones del año, incluso las que menos te gustan.
Merece la pena si arriesga por ti, yendo por el camino más difícil.
Merece la pena si no puedes parar de imaginarlo a tu lado en los días lluviosos (y en los soleados).
Merece la pena si te ha hecho volver a creer en el amor.
Merece la pena si las únicas fuerzas que te quedan las estás reservando para el abrazo que le darás en el minuto en que lo veas.
Merece la pena si ha aprendido a querer a tu mascotatanto o más que tú.
Merece la pena si sabe reconocer sus errores.
Merece la pena si sabe perdonar los tuyos.
Merece la pena si te da motivos para dar todo de ti.
Merece la pena si te da razones para no rendirte.
Así que, sí. Merece la pena y mucho.
(ME) MERECE LA PENA LUCHAR PORQUE SÉ QUE ES ÉL.
Merece la pena dudar si son solo nervios o son las típicas mariposas de enamorada dando vueltas por tu estómago.
Merece la pena cuando te hace sonreír tanto tiempo, incluso sin darse cuenta, que acaba doliéndote la mandíbula durante horas.
Merece la pena porque te acostumbraste muy rápido a su olor y ahora es lo que te mantiene viva.
Merece la pena porque te enamoraste de él y de su forma de cantar(te) —y de su manera de mirarte al hacerlo—.
Merece la pena si crees que es la viva imagen del amor y de su existencia.
Merece la pena si te hace querer luchar por y junto a él.
Merece la pena si te deja robarle camisetas para dormir y luego él no se quiere desprender de ellas (ni de tu olor).
Merece la pena si se pasa las noches sin dormir solo por pasarlas contigo.
Merece la pena si te acepta tal y como eres.
Merece la pena si te hace querer ser la mejor versión de ti.
Merece la pena si te enamora día sí y día también.
Merece la pena si te deja conocer incluso su pasado más oscuro.
Merece la pena si con él puedes ser tú misma.
Merece la pena si hace que no te importe que las hojas se caigan de los árboles en otoño, o que llegue el invierno más frío, o que la primavera traiga consigo millones de insectos, o que el siguiente verano sea el más caluroso en mucho tiempo.
Merece la pena si hace bonitas todas las estaciones del año, incluso las que menos te gustan.
Merece la pena si arriesga por ti, yendo por el camino más difícil.
Merece la pena si no puedes parar de imaginarlo a tu lado en los días lluviosos (y en los soleados).
Merece la pena si te ha hecho volver a creer en el amor.
Merece la pena si las únicas fuerzas que te quedan las estás reservando para el abrazo que le darás en el minuto en que lo veas.
Merece la pena si ha aprendido a querer a tu mascota
Merece la pena si sabe reconocer sus errores.
Merece la pena si sabe perdonar los tuyos.
Merece la pena si te da motivos para dar todo de ti.
Merece la pena si te da razones para no rendirte.
Así que, sí. Merece la pena y mucho.
(ME) MERECE LA PENA LUCHAR PORQUE SÉ QUE ES ÉL.
domingo, 20 de agosto de 2017
Y eso me encanta
No sé qué es el amor. Pero creo que estoy cerca de conocerlo. Al amor, pero en persona, digo. Puedo sentirlo. A él. Es como cuando alguien te dice que todo va a ir bien, pero sin decírtelo. Bueno, digo yo que será algo así. Porque no me lo han dicho ninguna vez, aunque creo que puedo hacerme una idea de lo que es la paz solo con mirarle a los ojos. Unos ojos con los que no hace falta decir nada más en este puñetero mundo, porque son ellos los que hablan conmigo. Conmigo, por él y por mí. Y eso me encanta.
Intentaré no decir que la felicidad está a su lado, porque no sé si es cierto. Pero a su lado es lo más cerca que he estado de ella desde hace mucho, mucho tiempo. Saber que si quiero un beso, me lo va a dar antes de que se lo pida. Aunque también los pedimos. Y los damos. Y eso me encanta.
Saber que puedes confiar tanto en alguien que es posible que se te olvide la necesidad de ocultar tus complejos,tus defectos. Porque es que a mí se me olvida el mundo. Porque solo existimos los dos. Bueno, y el tiempo... que, por desgracia, siempre juega en nuestra contra. Pero no importa. A la mierda el tiempo que se agota sin darnos cuenta, y a por todas con las ganas que, hasta ahora, no han fallado. ¡Y que no sea por besos ni abrazos ni caricias... porque de eso tenemos, y mucho! Y eso me encanta.
Él es poesía, y también un corazón lleno de carcajadas de las que nunca acaban (y que, además, se contagian). Es música. Y nunca había entendido qué significaba que alguien lo fuera. Nunca, hasta ahora. Hasta que me he dado cuenta de que él lo es. Y lo es porque, mientras habla, puedo sentir su respiración, más o menos acelerada. Y eso sí es música. Una que nunca te cansas de escuchar porque te revive, como debe ser. Y me encanta.
No sabía lo que era volver a despedirme mil veces de alguien solo para darle otros mil besos más de despedida. Uno detrás de otro, y seguir yéndome vacía. Sin él. Y echarlo de menos mientras me giro y lo veo irse, y alejarse. Imaginarme, una y otra vez, su sonrisa. Esa sonrisa que se copia en mi cara sin que me dé cuenta. Recordar sus ojos, su brillo, su color; su esencia. Y, quién sabe... Puede que esto acabe mañana. Puede que no haya ni empezado, o puede que ya haya acabado. Pero simplemente el hecho de conocer a alguien que deja tanta marca en ti es, sin duda,una de las mejores sensaciones (la mejor sensación) del mundo entero. Y a la mierda si se va todo al traste. Viva lo ya vivido —y por vivir—, y viva él.
Sí, que viva mucho, y muy feliz.
Porque eso también me encanta.
Intentaré no decir que la felicidad está a su lado, porque no sé si es cierto. Pero a su lado es lo más cerca que he estado de ella desde hace mucho, mucho tiempo. Saber que si quiero un beso, me lo va a dar antes de que se lo pida. Aunque también los pedimos. Y los damos. Y eso me encanta.
Saber que puedes confiar tanto en alguien que es posible que se te olvide la necesidad de ocultar tus complejos,
Él es poesía, y también un corazón lleno de carcajadas de las que nunca acaban (y que, además, se contagian). Es música. Y nunca había entendido qué significaba que alguien lo fuera. Nunca, hasta ahora. Hasta que me he dado cuenta de que él lo es. Y lo es porque, mientras habla, puedo sentir su respiración, más o menos acelerada. Y eso sí es música. Una que nunca te cansas de escuchar porque te revive, como debe ser. Y me encanta.
No sabía lo que era volver a despedirme mil veces de alguien solo para darle otros mil besos más de despedida. Uno detrás de otro, y seguir yéndome vacía. Sin él. Y echarlo de menos mientras me giro y lo veo irse, y alejarse. Imaginarme, una y otra vez, su sonrisa. Esa sonrisa que se copia en mi cara sin que me dé cuenta. Recordar sus ojos, su brillo, su color; su esencia. Y, quién sabe... Puede que esto acabe mañana. Puede que no haya ni empezado, o puede que ya haya acabado. Pero simplemente el hecho de conocer a alguien que deja tanta marca en ti es, sin duda,
Sí, que viva mucho, y muy feliz.
Porque eso también me encanta.
![]() |
| Pinky promise |
lunes, 31 de julio de 2017
Ya no se admiten los «podría»
El cielo es ahora más gris que azul. Para mí siempre lo ha sido, pero, ya sabéis, unas veces vemos más que otras. Y no hablo de ir ciegos de alcohol, que también. Porque qué mejor que cegarnos cuando no queremos ver la realidad,
porque nos da miedo,
porque asusta.
Podría ser más realista, y segura, y podría ser mejor.Pero me da pereza. Podría intentar ver el cielo más azul que gris, pero ya no sé si quiero. Podría quererme más, ser mejor amiga, nieta, hija y hermana. Podría ser muchas cosas, pero no las soy.
Y me tengo que conformar.
Y ahora creo que lo hago.
Ya no soy lo que solía ser, y me da igual. Mi «yo» de ahora es la mejor versión de mí. Guste o no, así es. Ahora, después de veinte años, entiendo lo que es querer. Entiendo qué es mirar a alguien a los ojos hasta perderte en ellos, y entiendo qué es no parar de mirar los labios de alguien mientras te muerdes la lengua para no hacer algo de lo que arrepentirte. Y he aprendido qué es el dolor, y he aprendido de todas sus facetas.
Sé qué es confiar
y sé en quién hacerlo.
Ahora sí.
Sé qué es el amor correspondido (y, por desgracia, el no correspondido). Sé qué es intentar contenerte las lágrimas en una despedida y acabar soltándolas todas sin quererlo.
Y también sé qué despedidas se hacen más duras
y por qué.
He aprendido y madurado, ya sea con victorias o derrotas, con amores o desamores, con amigos o enemigos. Y puede que no sea la más responsable, amable, cariñosa, racional, cuerda, sana, deportista, estudiosa, valiente..., pero sé lo que soy, y soy lo que quiero ser.
Y con eso me vale,
por ahora.
porque nos da miedo,
porque asusta.
Podría ser más realista, y segura, y podría ser mejor.
Y me tengo que conformar.
Y ahora creo que lo hago.
Ya no soy lo que solía ser, y me da igual. Mi «yo» de ahora es la mejor versión de mí. Guste o no, así es. Ahora, después de veinte años, entiendo lo que es querer. Entiendo qué es mirar a alguien a los ojos hasta perderte en ellos, y entiendo qué es no parar de mirar los labios de alguien mientras te muerdes la lengua para no hacer algo de lo que arrepentirte. Y he aprendido qué es el dolor, y he aprendido de todas sus facetas.
Sé qué es confiar
y sé en quién hacerlo.
Ahora sí.
Sé qué es el amor correspondido (y, por desgracia, el no correspondido). Sé qué es intentar contenerte las lágrimas en una despedida y acabar soltándolas todas sin quererlo.
Y también sé qué despedidas se hacen más duras
He aprendido y madurado, ya sea con victorias o derrotas, con amores o desamores, con amigos o enemigos. Y puede que no sea la más responsable, amable, cariñosa, racional, cuerda, sana, deportista, estudiosa, valiente..., pero sé lo que soy, y soy lo que quiero ser.
Y con eso me vale,
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)




