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... y como bien dijo Francisco Umbral: "Escribir es la manera más profunda de leer la vida"...

miércoles, 8 de octubre de 2014

Y, "¿muerto el perro se acabó la rabia?"

  Sé que no suelo escribir sobre la injusticia, pero voy a empezar a hacer excepciones. Y, esta, es una de ellas.

  Hoy, han sacrificado a Excalibur, perro cuya dueña estaba contagiada de ébola y cuyo dueño no daba permiso para cometer tal estupidez. No han querido hacer pruebas por si este estaba también contagiado o no por el virus. "No nos ha quedado otro remedio" dicen algunos. 

  Y, "¿muerto el perro se acabó la rabia?" 

  Lo han sacrificado por "si acaso" estaba contagiado, ¿no? Pues... por esa regla de tres, ¿deberían también matar al marido en vez de estar haciéndole pruebas? Ambos, tanto el animal como el humano, tienen derecho a vivir. O eso dicen. Aunque, hoy en día, es difícil creerlo.

  Dos cosas de las que estoy absolutamente segura son de que este país cada día que pasa da más asco y que ha muerto un inocente y, no de ébola, precisamente. Un inocente que solo ha pagado por la incompetencia e ineptitud de este gobierno, por las negligencias humanas.

  Y, la verdad, es que a mí se me ocurren también un par de cosas que podríamos hacer con determinados gobernantes para evitar más riesgos... ¿a vosotros no? 

  Os recuerdo una cita de Mahatma Gandhi que decía: "Un país, una civilización se puede juzgar por la forma en que trata a sus animales". 


viernes, 26 de septiembre de 2014

De sonrisas en tus labios o de tus labios con sonrisas.

  Y creo haberte dicho que no quería que te fueras. No de esa forma. No dejándome en una inmensa tristeza que, poco a poco, se iba haciendo más y más grande. No quería que te fueras, no por miedo a que me dejaras como me has dejado (que también). No quería que te fueras y me dejaras hecha pedazos. Pedazos que algún día, quizá, te toque a ti recoger del suelo que dejé manchado de recuerdos. Recuerdos, lágrimas y sonrisas rotas. Muy rotas. Tan rotas como yo (o más).

  Pero no es hora de lamentarme yo ni de hacer que seas tú quien se lamente. Simplemente no quería que te fueras. No quería que me dejaras con las ganas de sonrisas en tus labios. Ni de tus labios con sonrisas. Porque adoraba los hoyuelos que, conforme iba pasando el tiempo sin apartarnos la mirada, se pronunciaban más y más. Y sí. Me dejaste con esas ganas. Pero no solo con esas. También con las de perdernos por Madrid, Roma o en los ojos del otro. Aunque, sinceramente, no me importaba donde nos perdiésemos, con la condición de hacerlo juntos, claro. Pero me dejaste, aquí, perdida y sin ganas de perderme con ningún otro ni por ningún otro lado.

  "Sal de mi mente", te susurro (a distancia). Pero no hay más sal en ningún mar que en mis lágrimas ni más salidas que no sean las de emergencia de cualquier hospital, de esos que aparecen en todos mis sueños o pesadillas, donde aparezco sin alma, sin vida y sin ti (que es lo que más duele).





domingo, 31 de agosto de 2014

El único vértigo que tengo.

Creo que ya es hora de poner orden a esta conducta o manera de vivir a la que, la mayoría, llamáis "vida". Creo que ya es hora de ordenarla, o de intentarlo.
Ya es hora de saber que a ti te quiero a mano; como, por ejemplo, en la estantería de la habitación de mi corazón, para poder sentarme en la cama y observarte detenidamente, y ver cómo desvías la mirada al ver mis ojos clavados en los tuyos, o cómo haces que la desvíe yo, para evitar ponerme a temblar. A ti, sí, a ti, te quiero a mano, para tenerte aquí cuando te necesite, o cuando te extrañe, por ejemplo.

Ya es hora de meter todo lo demás en algún sitio, como en un cajón, donde nadie pueda ver todas aquellas promesas que se quedaron por el camino, todas las mentiras que se acabaron descubriendo, todos los deseos que se quedaron sin cumplir, a pesar de pedirlos a estrellas fugaces y esperar, como niños pequeños, que se hicieran realidad. Metería todo eso en un cajón que cerraría con la llave de tus besos que, por miedo a perderlos, no tiraría nunca a ningún río, ni a ningún pozo que no fuesen esos hoyuelos tan profundos de tus mejillas que se forman cuando sonríes. O cuando ríes tan fuerte que haces que lo de alrededor no exista durante unos segundos.

Y, sí, al fin y al cabo, sé que me atrevería a vivir en los precipicios de tus ojos. Esos precipicios de los que me tiraría una y otra vez sin miedo a la profundidad, ni a las alturas. Porque, ahora, el único vértigo que tengo es el de caerme del cielo al que tú me haces llegar con tus palabras; palabras que son como caricias para mis oídos, los cuales no dejan de oír tu voz, aun estando en silencio.




sábado, 30 de agosto de 2014

[...] Por suerte o por desgracia [...]

Y soñaba con alguien que me abrazara tantas veces como lágrimas derrochara, con alguien capaz de quitarme la coraza que los (d)años me han obligado a crear, con alguien que, con solo una mirada, supiera mi estado de ánimo. Porque yo no soñaba con príncipes azules y, mucho menos, con ranas que se convierten en ellos. Solo soñaba contigo. Porque sí, eras tú el que me abrazaba las veces que hiciera falta, el que me hacía saltar y reír como si de una niña pequeña se tratase, y (¡cómo no!) eras tú el que, con solo mirarme, sabía si lo que me hacía falta era un beso, una caricia o un chiste de esos malos, de los cuales no sabía si reír o llorar.

Y ahora ruego, suplico y pido que seas tú el que sueña conmigo. Que seas tú el que me echa de menos a mí y no al revés. Quiero que ahora seas tú el que no duerma bien por las noches, el que se despierte con litros y litros de sudor por el cuerpo y que seas tú el que piense que, pronunciar mi nombre, las seis letras de mi nombre, pueden dolerte más que hincarte la punta de un alfiler en mitad de la pupila.

Porque así es como me he sentido yo, y es que hubiera preferido quedarme ciega antes que ver lo bien que estabas sin mí, antes que ver cómo sonreías, de la misma forma que lo hacías conmigo, con todas las chicas que pasaban por tu lado.

Y es que, ¿sabes qué?
Que yo ya no tiemblo al oír tu nombre, ni siento dolor en el pecho como solía sentir.
Y no solo eso ha cambiado. También yo. Y es que, por suerte o por desgracia, ya no creo en los 'para siempre', ni en el amor, ni en nadie.






lunes, 24 de febrero de 2014

Días en los que...

De esas veces en las que no existen las palabras exactas para describir el sentimiento exacto que sentimos en un momento determinado. De esas veces en las que se nos juntan tantas cosas en la mente, que nosotros mismos nos producimos un colapso de pensamientos apelotonados que acaban en lágrima o risa, por no llorar. De esas veces en las que nos damos cuenta de todos los errores que hemos cometido con el paso de los meses. Y lo peor, es que hay personas que no son capaces de perdonarlos. Ni siquiera uno mismo. De esas veces en las que sentimos dolor, pero no dolor físico, sino uno más fuerte aún. En las que nos duele hasta el alma por tener que vernos obligados a imaginar un mundo sin la persona a la que queremos. Veces en las que dan ganas de tirar todo este mundo por la borda, dejar a un lado los prejuicios, el orgullo y hacer lo que en un momento concreto nos haga latir más rápido el corazón. De esas veces en las que nos bloqueamos por un simple comentario, y, los esfuerzos, expectativas, planes y emociones, se escapan por un solo y triste suspiro. Sí. Hoy es uno de esos días en los que te paras a pensar y te das cuenta de que el sentimiento puede llegar a ser tan grande para cegarnos incluso a nosotros mismos.