Creo que ya es hora de poner orden a esta conducta o manera de vivir a la que, la mayoría, llamáis "vida". Creo que ya es hora de ordenarla, o de intentarlo.
Ya es hora de saber que a ti te quiero a mano; como, por ejemplo, en la estantería de la habitación de mi corazón, para poder sentarme en la cama y observarte detenidamente, y ver cómo desvías la mirada al ver mis ojos clavados en los tuyos, o cómo haces que la desvíe yo, para evitar ponerme a temblar. A ti, sí, a ti, te quiero a mano, para tenerte aquí cuando te necesite, o cuando te extrañe, por ejemplo.
Ya es hora de meter todo lo demás en algún sitio, como en un cajón, donde nadie pueda ver todas aquellas promesas que se quedaron por el camino, todas las mentiras que se acabaron descubriendo, todos los deseos que se quedaron sin cumplir, a pesar de pedirlos a estrellas fugaces y esperar, como niños pequeños, que se hicieran realidad. Metería todo eso en un cajón que cerraría con la llave de tus besos que, por miedo a perderlos, no tiraría nunca a ningún río, ni a ningún pozo que no fuesen esos hoyuelos tan profundos de tus mejillas que se forman cuando sonríes. O cuando ríes tan fuerte que haces que lo de alrededor no exista durante unos segundos.
Y, sí, al fin y al cabo, sé que me atrevería a vivir en los precipicios de tus ojos. Esos precipicios de los que me tiraría una y otra vez sin miedo a la profundidad, ni a las alturas. Porque, ahora, el único vértigo que tengo es el de caerme del cielo al que tú me haces llegar con tus palabras; palabras que son como caricias para mis oídos, los cuales no dejan de oír tu voz, aun estando en silencio.

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