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... y como bien dijo Francisco Umbral: "Escribir es la manera más profunda de leer la vida"...

martes, 21 de noviembre de 2017

Merece la pena

Merece la pena cuando te sigues poniendo nerviosa al hablar de él (o con él). 
Merece la pena dudar si son solo nervios o son las típicas mariposas de enamorada dando vueltas por tu estómago.
Merece la pena cuando te hace sonreír tanto tiempo, incluso sin darse cuenta, que acaba doliéndote la mandíbula durante horas.
Merece la pena porque te acostumbraste muy rápido a su olor y ahora es lo que te mantiene viva.
Merece la pena porque te enamoraste de él y de su forma de cantar(te) y de su manera de mirarte al hacerlo.
Merece la pena si crees que es la viva imagen del amor y de su existencia.
Merece la pena si te hace querer luchar por y junto a él.
Merece la pena si te deja robarle camisetas para dormir y luego él no se quiere desprender de ellas (ni de tu olor).
Merece la pena si se pasa las noches sin dormir solo por pasarlas contigo.
Merece la pena si te acepta tal y como eres.
Merece la pena si te hace querer ser la mejor versión de ti.
Merece la pena si te enamora día sí y día también.
Merece la pena si te deja conocer incluso su pasado más oscuro.
Merece la pena si con él puedes ser tú misma.
Merece la pena si hace que no te importe que las hojas se caigan de los árboles en otoño, o que llegue el invierno más frío, o que la primavera traiga consigo millones de insectos, o que el siguiente verano sea el más caluroso en mucho tiempo.
Merece la pena si hace bonitas todas las estaciones del año, incluso las que menos te gustan.
Merece la pena si arriesga por ti, yendo por el camino más difícil.
Merece la pena si no puedes parar de imaginarlo a tu lado en los días lluviosos (y en los soleados).
Merece la pena si te ha hecho volver a creer en el amor.
Merece la pena si las únicas fuerzas que te quedan las estás reservando para el abrazo que le darás en el minuto en que lo veas.
Merece la pena si ha aprendido a querer a tu mascota tanto o más que tú.
Merece la pena si sabe reconocer sus errores.
Merece la pena si sabe perdonar los tuyos.
Merece la pena si te da motivos para dar todo de ti.
Merece la pena si te da razones para no rendirte.

Así que, sí. Merece la pena y mucho.

(ME) MERECE LA PENA LUCHAR PORQUE SÉ QUE ES ÉL.

domingo, 20 de agosto de 2017

Y eso me encanta

No sé qué es el amor. Pero creo que estoy cerca de conocerlo. Al amor, pero en persona, digo. Puedo sentirlo. A él. Es como cuando alguien te dice que todo va a ir bien, pero sin decírtelo. Bueno, digo yo que será algo así. Porque no me lo han dicho ninguna vez, aunque creo que puedo hacerme una idea de lo que es la paz solo con mirarle a los ojos. Unos ojos con los que no hace falta decir nada más en este puñetero mundo, porque son ellos los que hablan conmigo. Conmigo, por él y por mí. Y eso me encanta.

Intentaré no decir que la felicidad está a su lado, porque no sé si es cierto. Pero a su lado es lo más cerca que he estado de ella desde hace mucho, mucho tiempo. Saber que si quiero un beso, me lo va a dar antes de que se lo pida. Aunque también los pedimos. Y los damos. Y eso me encanta.

Saber que puedes confiar tanto en alguien que es posible que se te olvide la necesidad de ocultar tus complejos, tus defectos. Porque es que a mí se me olvida el mundo. Porque solo existimos los dos. Bueno, y el tiempo... que, por desgracia, siempre juega en nuestra contra. Pero no importa. A la mierda el tiempo que se agota sin darnos cuenta, y a por todas con las ganas que, hasta ahora, no han fallado. ¡Y que no sea por besos ni abrazos ni caricias... porque de eso tenemos, y mucho! Y eso me encanta.

Él es poesía, y también un corazón lleno de carcajadas de las que nunca acaban (y que, además, se contagian). Es música. Y nunca había entendido qué significaba que alguien lo fuera. Nunca, hasta ahora. Hasta que me he dado cuenta de que él lo es. Y lo es porque, mientras habla, puedo sentir su respiración, más o menos acelerada. Y eso sí es música. Una que nunca te cansas de escuchar porque te revive, como debe ser. Y me encanta.

No sabía lo que era volver a despedirme mil veces de alguien solo para darle otros mil besos más de despedida. Uno detrás de otro, y seguir yéndome vacía. Sin él. Y echarlo de menos mientras me giro y lo veo irse, y alejarse. Imaginarme, una y otra vez, su sonrisa. Esa sonrisa que se copia en mi cara sin que me dé cuenta. Recordar sus ojos, su brillo, su color; su esencia. Y, quién sabe... Puede que esto acabe mañana. Puede que no haya ni empezado, o puede que ya haya acabado. Pero simplemente el hecho de conocer a alguien que deja tanta marca en ti es, sin duda, una de las mejores sensaciones (la mejor sensación) del mundo entero. Y a la mierda si se va todo al traste. Viva lo ya vivido —y por vivir—, y viva él.

Sí, que viva mucho, y muy feliz.
Porque eso también me encanta.


Pinky promise


lunes, 31 de julio de 2017

Ya no se admiten los «podría»

El cielo es ahora más gris que azul. Para mí siempre lo ha sido, pero, ya sabéis, unas veces vemos más que otras. Y no hablo de ir ciegos de alcohol, que también. Porque qué mejor que cegarnos cuando no queremos ver la realidad,
porque nos da miedo, 
porque asusta. 

Podría ser más realista, y segura, y podría ser mejor. Pero me da pereza. Podría intentar ver el cielo más azul que gris, pero ya no sé si quiero. Podría quererme más, ser mejor amiga, nieta, hija y hermana. Podría ser muchas cosas, pero no las soy. 
Y me tengo que conformar. 
Y ahora creo que lo hago.

Ya no soy lo que solía ser, y me da igual. Mi «yo» de ahora es la mejor versión de mí. Guste o no, así es. Ahora, después de veinte años, entiendo lo que es querer. Entiendo qué es mirar a alguien a los ojos hasta perderte en ellos, y entiendo qué es no parar de mirar los labios de alguien mientras te muerdes la lengua para no hacer algo de lo que arrepentirte. Y he aprendido qué es el dolor, y he aprendido de todas sus facetas. 
Sé qué es confiar 
y sé en quién hacerlo. 
Ahora sí. 

Sé qué es el amor correspondido (y, por desgracia, el no correspondido). Sé qué es intentar contenerte las lágrimas en una despedida y acabar soltándolas todas sin quererlo. 
Y también sé qué despedidas se hacen más duras 
y por qué. 

He aprendido y madurado, ya sea con victorias o derrotas, con amores o desamores, con amigos o enemigos. Y puede que no sea la más responsable, amable, cariñosa, racional, cuerda, sana, deportista, estudiosa, valiente..., pero sé lo que soy, y soy lo que quiero ser.
Y con eso me vale, 
por ahora.