¡Bienvenidos!

... y como bien dijo Francisco Umbral: "Escribir es la manera más profunda de leer la vida"...

viernes, 26 de septiembre de 2014

De sonrisas en tus labios o de tus labios con sonrisas.

  Y creo haberte dicho que no quería que te fueras. No de esa forma. No dejándome en una inmensa tristeza que, poco a poco, se iba haciendo más y más grande. No quería que te fueras, no por miedo a que me dejaras como me has dejado (que también). No quería que te fueras y me dejaras hecha pedazos. Pedazos que algún día, quizá, te toque a ti recoger del suelo que dejé manchado de recuerdos. Recuerdos, lágrimas y sonrisas rotas. Muy rotas. Tan rotas como yo (o más).

  Pero no es hora de lamentarme yo ni de hacer que seas tú quien se lamente. Simplemente no quería que te fueras. No quería que me dejaras con las ganas de sonrisas en tus labios. Ni de tus labios con sonrisas. Porque adoraba los hoyuelos que, conforme iba pasando el tiempo sin apartarnos la mirada, se pronunciaban más y más. Y sí. Me dejaste con esas ganas. Pero no solo con esas. También con las de perdernos por Madrid, Roma o en los ojos del otro. Aunque, sinceramente, no me importaba donde nos perdiésemos, con la condición de hacerlo juntos, claro. Pero me dejaste, aquí, perdida y sin ganas de perderme con ningún otro ni por ningún otro lado.

  "Sal de mi mente", te susurro (a distancia). Pero no hay más sal en ningún mar que en mis lágrimas ni más salidas que no sean las de emergencia de cualquier hospital, de esos que aparecen en todos mis sueños o pesadillas, donde aparezco sin alma, sin vida y sin ti (que es lo que más duele).





domingo, 31 de agosto de 2014

El único vértigo que tengo.

Creo que ya es hora de poner orden a esta conducta o manera de vivir a la que, la mayoría, llamáis "vida". Creo que ya es hora de ordenarla, o de intentarlo.
Ya es hora de saber que a ti te quiero a mano; como, por ejemplo, en la estantería de la habitación de mi corazón, para poder sentarme en la cama y observarte detenidamente, y ver cómo desvías la mirada al ver mis ojos clavados en los tuyos, o cómo haces que la desvíe yo, para evitar ponerme a temblar. A ti, sí, a ti, te quiero a mano, para tenerte aquí cuando te necesite, o cuando te extrañe, por ejemplo.

Ya es hora de meter todo lo demás en algún sitio, como en un cajón, donde nadie pueda ver todas aquellas promesas que se quedaron por el camino, todas las mentiras que se acabaron descubriendo, todos los deseos que se quedaron sin cumplir, a pesar de pedirlos a estrellas fugaces y esperar, como niños pequeños, que se hicieran realidad. Metería todo eso en un cajón que cerraría con la llave de tus besos que, por miedo a perderlos, no tiraría nunca a ningún río, ni a ningún pozo que no fuesen esos hoyuelos tan profundos de tus mejillas que se forman cuando sonríes. O cuando ríes tan fuerte que haces que lo de alrededor no exista durante unos segundos.

Y, sí, al fin y al cabo, sé que me atrevería a vivir en los precipicios de tus ojos. Esos precipicios de los que me tiraría una y otra vez sin miedo a la profundidad, ni a las alturas. Porque, ahora, el único vértigo que tengo es el de caerme del cielo al que tú me haces llegar con tus palabras; palabras que son como caricias para mis oídos, los cuales no dejan de oír tu voz, aun estando en silencio.




sábado, 30 de agosto de 2014

[...] Por suerte o por desgracia [...]

Y soñaba con alguien que me abrazara tantas veces como lágrimas derrochara, con alguien capaz de quitarme la coraza que los (d)años me han obligado a crear, con alguien que, con solo una mirada, supiera mi estado de ánimo. Porque yo no soñaba con príncipes azules y, mucho menos, con ranas que se convierten en ellos. Solo soñaba contigo. Porque sí, eras tú el que me abrazaba las veces que hiciera falta, el que me hacía saltar y reír como si de una niña pequeña se tratase, y (¡cómo no!) eras tú el que, con solo mirarme, sabía si lo que me hacía falta era un beso, una caricia o un chiste de esos malos, de los cuales no sabía si reír o llorar.

Y ahora ruego, suplico y pido que seas tú el que sueña conmigo. Que seas tú el que me echa de menos a mí y no al revés. Quiero que ahora seas tú el que no duerma bien por las noches, el que se despierte con litros y litros de sudor por el cuerpo y que seas tú el que piense que, pronunciar mi nombre, las seis letras de mi nombre, pueden dolerte más que hincarte la punta de un alfiler en mitad de la pupila.

Porque así es como me he sentido yo, y es que hubiera preferido quedarme ciega antes que ver lo bien que estabas sin mí, antes que ver cómo sonreías, de la misma forma que lo hacías conmigo, con todas las chicas que pasaban por tu lado.

Y es que, ¿sabes qué?
Que yo ya no tiemblo al oír tu nombre, ni siento dolor en el pecho como solía sentir.
Y no solo eso ha cambiado. También yo. Y es que, por suerte o por desgracia, ya no creo en los 'para siempre', ni en el amor, ni en nadie.






lunes, 24 de febrero de 2014

Días en los que...

De esas veces en las que no existen las palabras exactas para describir el sentimiento exacto que sentimos en un momento determinado. De esas veces en las que se nos juntan tantas cosas en la mente, que nosotros mismos nos producimos un colapso de pensamientos apelotonados que acaban en lágrima o risa, por no llorar. De esas veces en las que nos damos cuenta de todos los errores que hemos cometido con el paso de los meses. Y lo peor, es que hay personas que no son capaces de perdonarlos. Ni siquiera uno mismo. De esas veces en las que sentimos dolor, pero no dolor físico, sino uno más fuerte aún. En las que nos duele hasta el alma por tener que vernos obligados a imaginar un mundo sin la persona a la que queremos. Veces en las que dan ganas de tirar todo este mundo por la borda, dejar a un lado los prejuicios, el orgullo y hacer lo que en un momento concreto nos haga latir más rápido el corazón. De esas veces en las que nos bloqueamos por un simple comentario, y, los esfuerzos, expectativas, planes y emociones, se escapan por un solo y triste suspiro. Sí. Hoy es uno de esos días en los que te paras a pensar y te das cuenta de que el sentimiento puede llegar a ser tan grande para cegarnos incluso a nosotros mismos.

martes, 8 de octubre de 2013

No concordaban mucho.

No concordaban mucho. De hecho, casi nunca concordaban. Estaban siempre discutiendo, peleando, y se retaban uno al otro cada día. Les costaba ponerse de acuerdo. Él era la parte derecha de la cama y ella, la ventana. Él era de desfasar un sábado noche y ella de tardes de películas. No puedo decir que a pesar de sus diferencias, estaban locos el uno por el otro. Porque en esta historia, no tenían eso en común. Era ella la que estaba perdidamente enamorada de él. Y me gustaría decir todo lo contrario. Me gustaría decir que ella sería por la que él dejaría de llamar a tres por semana. Que ella sería aquella persona por la que él aprendería a bailar. Que ella es esa a la que llamaría un domingo cuando quisiera pasárselo bien, con la que compararía a todas las demás haciéndola sentir superior. Pero ahora, es ella la que debe aceptar que nunca lo va a tener del todo. Porque para él, su todo no es ella, es otra. Con él haces pactos que no se cumplen, y te jode, ¿verdad? Te jode saber que hagas lo que hagas, él siempre tendrá a alguien a quien llamar un domingo, alguien con quien comparar a todas las demás, y esa, no es tú. Porque él tendrá a muchas como ella, pero ella a nadie como él, y lo sabía. Por eso cree que aprendiendo a bailar o hablándole a todas horas, él creerá lo mismo. Y quizá, él, no quiera darse cuenta ahora pero, cuando se acaben los billetes a lugares remotos, los desfases del sábado noche, igual pueda entender que esa debería ser ella y no la que está a su lado realmente. Así que, chico, date prisa antes de perderla, porque ya has encontrado con quien quieres pasar tu 'para siempre'. Date prisa, chico, porque hace tiempo que su corazón dejó de latir. Hace tiempo que no le da a nadie el poder ni la fuerza para romperlo o, lo que es peor, para quererlo.










martes, 16 de julio de 2013

#CURSODEMONITORES2013 / GRACIAS.

A lo largo del curso, me he dado cuenta de que hay personas en esta vida que por suerte o por desgracia, he tropezado con ellas y me he parado a conocerlas con un poco más de atención. 
Durante la vida, se conocen a muchas personas diferentes, algunas te marcan y otras no, pero siempre de forma distinta. Todas las personas tienen algo que las hace especiales, ya destaquen por algo bueno, o por algo malo. 
Lo mejor que he podido hacer en estos 13 inolvidables días, es haberme detenido un momento a conocer a esa gente tan maravillosa. Y el mejor regalo, es saber que ha merecido la pena, porque esas personas realmente la merecen. Por eso, debo agradecer a todas esas personas, tanto monitores como alumnos de este curso, por haberse entretenido en conocerme un poquito más y, después de hacerlo, haberse mantenido a mi lado. Espero que todas las risas que hemos pasado juntos y las lágrimas que, al menos yo, he derramado, no se olviden nunca. GRACIAS, OTRA VEZ, POR SER COMO SOIS.

lunes, 24 de junio de 2013

Tu sonrisa pícara al verle feliz.

Nunca supe sonreír de verdad cuando estaba triste. Tampoco ahora. Estoy mal y no sé aparentar del todo que estoy bien. Pero no puedo acabar con todo esto, así, de repente porque me da miedo no verte nunca más sonreír. Así que he decidido aguantarme, sufrir, que al fin y al cabo, es lo que llevo haciendo toda mi vida, llorar de espaldas. Aunque sí, estoy harta de responder que estoy bien, cuando no puedo más. A veces nos imagino juntos, tardes paseando, que me invites a un helado, que me saques la lengua desde la otra acera cuando me ves, que me digas cosas bonitas, que el tiempo a tu lado se me haga cortísimo y que solo tenga ganas de acabar de hacer lo que estoy haciendo para verte. Sé que yo podría hacerte feliz, lo sé, es tan solo una intuición. Pero, también sé que no debo hacerme ilusiones porque, por desgracia, nunca te fijarás en mí...Y es ahí, cuando todo cobra vida otra vez. Cuando te das cuenta que nada tiene sentido sin esa persona. Tus sentimientos alocados de adolescente. Tu sonrisa pícara al verle feliz. Te sientes arrastrada hacia una sensación de felicidad y sufrimiento mutua. Feliz al verle hacer su vida, contento, lleno de alegrías. Pero triste al saber que esos labios no reclaman tu nombre y que nunca lo harán. Que su cuerpo nunca será abrazado por ti. Solo te queda el lejano recuerdo de su aroma al pasar. Su imagen y voz grabadas en tu mente día tras día y otros cuantos detalles que, por desgracia, de momento no podrás olvidar...