El momento en el que admites querer a alguien es también el momento en el que te das cuenta de que tienes mucho que perder. Y aun así, sigues admitiendo lo primero.
Porque el amor es maravilloso, pero también aterrador.
Porque el amor es conectar con tu alma, no solo con el de la otra pesona. Y fue, conociéndote a ti, como aprendí a hacer lo primero.
Hace seis meses compartimos miradas, sonrisas y un viaje a Toledo que en la vida olvidaré.
Hace seis meses compartimos risas en bares de Zocodover.
Hace seis meses nuestros besos sabían a cerveza,
y nuestras caricias eran la certeza
de lo que ahora sé que es pureza.
Hace seis meses contesté con un «sí» a la pregunta que me cambiaría (y que me cambió) la vida. Le dije que sí a un (no tan) desconocido que me invitaba a confiar en él sin apenas conocerme,
y que me miraba más a los labios que a los ojos.
No sé si alguien, conociendo a una persona solamente de hace unas semanas, tiene las cosas claras. Pero lo que sí sé es que yo en ese momento las tuve. Porque sabía qué quería. Sabía que con él sí quería. Sabía que le quería.
Sí, sabía que te quería.
Aún me acuerdo del primer «te quiero». El primer te quiero que me dijiste. El primer te quiero que se te escapó inconscientemente en unas de nuestras despedidas acompañando al abrazo más sincero. El primer te quiero de todos los que me han parado el corazón desde entonces.
Todos los días desde ese veintiséis de agosto me levanto y me acuesto siendo consciente de cuánto te necesito.
En estos seis meses, he crecido a tu lado como persona,
he crecido igual —o más— que nuestras ganas,
igual —o más— que nuestro amor.
(Aunque no creo que esto último sea posible).
Que Toledo contigo se hizo más bonito,
y pensaba que nada ni nadie nunca podría compararse con él.
Pero es que luego llegó Madrid, y ocurrió exactamente lo mismo.
Hasta los trenes se atrasaban solamente para dejarnos más tiempo de besos, para dejarnos más margen y viajar a Colombia en cuestión de minutos a comprar aquella empanada, con la que me podía identificar cuando te contemplaba.
Pero es que luego llegó Inglaterra, y se emocionó al escucharte cantar rap por una de sus ciudades; y yo pondría la mano en el fuego a que
a ella también se le paró la primavera,
haciéndose creer que el verano
había llegado de tu mano.
La primera vez que te vi se paró el tiempo, se paró tu imagen en mi pupila y se silenció la música. En aquel silencio de un segundo, en aquella imagen congelada de una pesona rodeada de caras desenfocadas... estabas tú. Y qué suerte la mía.
Sí, qué suerte la mía haber tenido aquel primer beso contigo agarrado a mi cintura y yo a tu cuello. Qué suerte la mía todas las botellas de agua que dejé aquellas noches en tu coche para que no te secaras,
porque quería regarte,
y cuidarte.
Qué suerte la mía tenerte. Qué suerte la mía contemplarte con los ojos encendidos como el fuego,
porque, hasta así, te veo.
Hace seis meses eras esa persona que parecía querer enseñarme qué era el amor. Esa persona que ahora puedo decir que no solo me enseñó qué era, sino que también me lo demostró en su momento y me lo sigue demostrando todos los días.
Eres esa persona que confía en mí como en nadie. Eres quien ha puesto mi mundo al revés, mi vida patas arriba. Eres la primera persona a la que he visto mirarme con brillo en los ojos al mismo tiempo que se le dilatan las pupilas. Porque nunca nadie me había mirado como me miras tú. Porque nunca nadie había creído tanto en mí. Y lo mejor de esto es que con tan solo una de tus miradas me lo estás diciendo todo.
Qué suerte la mía haberme topado con alguien que no me toca solo con la piel,
sino también con los ojos, y con su voz.
Eres quien me completa y complementa a la vez. Eres la respuesta a todas mis preguntas. Eres una mezcla de locura, curiosidad, alegría, fuerza, motivación y constancia. Eres la persona por la que vería todas las películas de terror del mundo, solo por agarrarme a tu mano. Que por ti aprendería a componer canciones de rap, además de todo el karate que me quisieras enseñar.
Porque te escribiré miles de cartas, y no diciendo adiós.
Y si lo digo, que sea porque el reencuentro va a ser mucho mejor.
Que quiero morirme acariciando tu pelo mojado después de una ducha. Que quiero morirme (de amor) acariciando tu pelo engominado para después estropearlo en una de nuestras luchas.
Que contigo quiero entretenerme en la cocina hasta que se nos vuelvan a quemar muchas más tostadas. Y es que no sé qué verías en esta boba que no quería que le acariciaras la espalda ni aunque fuera para dibujarle corazones con los dedos.
Y yo díria que qué te vi... Pero es que yo en ti vi todo, y terminé dejándote que me la acariciaras dibujando todas las siluetas que te dieran la gana.
Y es que me viste y te vi,
me miraste y te miré,
me encontraste y te encontré,
y seis meses más tarde,
en vez de dejar las cosas a medio camino,
en vez de darnos por vencidos,
en vez de todos los errores que podíamos haber cometido,
decidimos arriesgar. ¡Y menos mal!
Porque pase lo que pase,
pese a quien le pese,
todas las heridas que nos abramos entre nosotros
no las podrá curar ni el alcohol,
porque para eso está nuestra saliva,
que, a mí al menos, me da vida.
Vamos a seguir evolucionando y creciendo,
queriéndonos y disfrutándonos mucho más,
tal y como hemos hecho estos meses de atrás.
Vamos a hacerlo juntos
O...
¿Por qué no?
PARA SIEMPRE.

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